22 de noviembre de 2013



Mis padres atravesaron una época muy difícil en su matrimonio. Y para mí, que era hijo único, aquello se convirtió en un verdadero drama existencial. Había cosas que por muchas vueltas que les daba me resultaban incomprensibles, como eso de que el amor, al menos tal como lo sentía yo, pudiese llegar a extinguirse de aquella manera tan absurda entre dos personas que siempre fueron dos seres inseparables. Pienso ahora que durante aquellos días convulsos veía las cosas de otra manera ya que mis hormonas estaban alteradas por el lógico hervor adolescente. Nunca supe con exactitud como y cuando comenzó su crisis matrimonial, pero tuve conciencia de ello cuando comencé a notar un cada vez más creciente nerviosismo en mi madre hasta que un día, cuando mi padre ya se había marchado a la oficina, ella rompió a llorar como una magdalena musitando entre sollozos que su marido la engañaba con una de las secretarias. Mi desconcierto fue monumental. No me podía creer que papá, que era un hombre bastante insignificante pero buena persona, traicionase a mamá de esa manera. Pero la cosa se agravó días después cuando le despidieron de su empresa, lo que acrecentó las sospechas de mi madre ocasionando un cisma familiar, con los tíos y los primos metiendo todavía más cizaña al asunto. Y mi padre, el pobre, en todo momento cabizbajo, con esa cara de cordero degollado. Semanas después supimos la verdad. Jamás le fue infiel a mi madre. Simplemente disminuyó su rendimiento laboral al tratar de evitar la tentación como mejor pudo, que era bebiendo café a todas horas para no levantar la mirada.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Dinah Shore - Dream a little dream of me