24 de marzo de 2017


Aquel fue uno de esos momentos de una gran intensidad emocional porque a pesar de la circunstancias, ahí estábamos, enfrentándonos a los contratiempos que la vida nos deparaba y que de manera inconsciente las asumíamos porque mamá, a pesar de todo, ahí estaba, en pie de guerra, fuerte, erguida, enérgica, protectora, haciendo frente a las dificultades que desestabilizaban nuestro equilibrio familiar. Yo era un niño y apenas pude oír lo que ella hablaba porque, a su manera, lo hacía de forma disimulada para que mi hermana y yo no nos enterásemos de que las cosas no iban bien. Recuerdo que intenté como pude arrimar mi oreja para escuchar lo que sucedía, pero el espacio era muy reducido y el sonido procedente del auricular ininteligible, y ella, además, hacía todo lo posible por hablar en voz baja. Sé que quería evitar que aquello no nos afectara. Y aún así pude ver las muecas que dibujaba su rostro haciéndome intuir que la situación era muy delicada. Ella no nos dijo nada. Pero tampoco me importó, porque tenía la sensación de que los tres formábamos un grupo compacto dispuesto a desafiar cuantas adversidades se cruzasen en nuestro camino.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Samuel Barber: Adagio for strings

17 de marzo de 2017


Quiso el azar que me viera envuelto en uno de esos encargos poco estimulantes en el que, como reportero gráfico, tuve que cubrir la reunión anual de la Asociación del Reno de la que el redactor jefe del periódico local para el que trabajaba era el tesorero de la misma. Y una vez más el azar hizo acto de presencia haciendo que mi viejo automóvil sufriera una avería cuando recorría una inhóspita carretera de tierra en Kansas, quedándome tirado en medio de la nada hasta que, tras varias horas abandonado a mi suerte, aparecieron dos sonrientes damas que, al verme, detuvieron su vehículo no sin antes tomar sus precauciones. Lo que pasó después no tuvo importancia, ni siquiera el hecho de que no llegué a tiempo a la reunión, algo que agradecí. Pero días después, al mostrar las fotografías ya reveladas de las dos mujeres que me habían prestado auxilio se produjo un asombro general en la redacción cuando alguien creyó reconocer en esas damas a las hermanas Eudora y Felicity James, las famosas asaltadoras de bancos a las que la policía nunca pudo detener y cuyo rastro, al parecer, se perdió por las polvorientas carreteras de Kansas.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Whistler's Jug Band – Jug Band Special (1927)

13 de marzo de 2017


Hubo un momento en que la situación en la imprenta se volvió insostenible durante aquel cálido verano de 1952, acrecentándose nuestra irritación según pasaban los días porque las diversas medidas que se habían tomado resultaron un fracaso. Incluso Ulrich Wörner, el oficial de primera y representante del sindicato, había puesto en conocimiento de la junta directiva nuestra desesperación, demandando una solución a las indignantes condiciones que teníamos que soportar a lo largo de la jornada laboral. Hasta que el hijo del patrón, que había estudiado leyes en la universidad de Köln y que en ese período hacía prácticas en el departamento de recursos humanos, tuvo una feliz idea para mitigar el hedor de los sobacos, cada vez más insoportable por la nula ventilación de la nave. Idea que el padre recibió sin disimular el orgullo que sentía por su vástago. Pero las paradas de cinco minutos por cada hora de trabajo tan solo sirvieron para que desarrolláramos un poco más de músculo, porque el azar quiso que el extractor estuviese averiado mientras duró la ola de calor.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Friedel Hensch un die Cyprys: Die försterlieserl

2 de diciembre de 2016




El más alto y quien parece un paréntesis es Anatoli Sergéevich Nikolaev, un ser propenso a emocionarse con cualquier nadería que sucediese ante su cara. El otro es Kazimir Ivanovich Petrov que era un poco bruto ya que lo único que había visto en su vida era el campo que araba desde el tractor de su padre. Y luego yo, Vitali Arkádievich Bogomolov, hijo del sastre de Lemtybozh, el pueblo a pie de los Urales que nos vio nacer a los tres, porque nos conocíamos desde la infancia. Eran mis mejores amigos. Y nos alistamos en la marina. Queríamos ver mundo, conocer otros países, otras gentes. Fue una experiencia única. Sobre todo cuando vimos en una ciudad inglesa a un cosaco vestido de rojo con un extraño sombrero de astracán que poco se parecía al nuestro. Y al servicio de una reina. Y además, lo que era aún más indignante, que era nuestro camarada Mikhail, quien se hacía llamar con un ridículo nombre, algo así como Michael, y quien, muy estirado y con cierta arrogancia, después de hacer varias bobadas con un fusil que dejaban a los demás boquiabiertos, nos confesó en voz baja que en Londres, al menos, no pasaba tanto frío.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Red Army Choir - Polyushko polye

18 de noviembre de 2016



A medida que se acercaba el momento mi corazón se aceleraba. Estaba a punto de hacerse realidad lo que tanto había perseguido tras una vida dedicada a la investigación y que tantas noches me hizo pasar en vela. Un hito, pensaba, que podría significar un paso importante para la ciencia. Con ese constante cosquilleo en el vientre, mi cabeza disparaba pensamientos como una ametralladora durante mi espera que, según pasaban los minutos, se me hacía cada vez más eterna. Y aún así, entre pensamiento y pensamiento, volvía a la realidad, hasta que en un momento dado, ahí, en mi puesto, oí un ruido. Impaciente, nervioso, con las manos temblorosas, cogí la cámara fotográfica y puse en marcha el magnetofón. Y aparecieron. No mostraron recelos cuando me vieron. Me acerqué, despacio, y comencé a hablar, despacio. Ellos me respondieron, también despacio. Pero mi agitación llegó al culmen cuando nos dimos la mano. Había conseguido el tan ansiado contacto. Luego ellos se fueron, como si no hubiera pasado nada. Y fue en ese instante cuando caí en cuenta que no vi su nave. Ni tan siquiera la oí. Y me asaltó una duda que, después de tantos años, aún me sigue rondando en la cabeza: ¿como llegaron hasta aquí, la Tierra?

· Fondo musical para acompañar la lectura: György Ligeti - Lux aeterna (1966)

11 de noviembre de 2016




Aún no he visto el límite, el final, la meta. Tampoco obstáculos que detengan mi paso a lo largo de este espacio infinito que atravieso en un viaje en el que todavía no sé qué encontraré. Ni siquiera sé si existe un camino de regreso, si me quedaré en la evanescencia en la que me he hallo. Es extraño. También excitante, sobre todo en aquellos instantes cuando me asomo por algunos resquicios que aparecen durante mi itinerario y veo figuras en la penumbra, siluetas a contraluz, sentadas todas ellas, quietas, observándome, casi sin pestañear. Pero no me detengo mucho tiempo y sigo. Sé que he llevado mi investigación hasta el extremo. Quizá un extremo absurdo, sin sentido. Ideas que pronto se solapan con ese sentimiento de que estoy cada vez más cerca de hallar la esencia. Incluso a veces creo que me he convertido en parte de esa esencia. La esencia de la imagen.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Vangelis - Entends-tu les chiens aboyer?

4 de noviembre de 2016



Hubo un momento en que la situación llegó al límite de la locura. El bloqueo creativo que sufría me llevó a acumular frases sin sentido, párrafos sueltos que al final no iban a ningún lado, palabras en las que por unos instantes creí hallar una idea de partida pero que luego acababa desechando. Había ratos en que, sentado ante la máquina de escribir, mirando al techo con las manos puestas sobre la nuca y con la silla inclinada levemente hacia atrás, pensaba que quizá tampoco era importante porque el mundo seguiría girando y nadie se acordaría de mi acto supremo. Y entraba en una especie de duermevela en el que me dejaba llevar por mi imaginación, hasta que el celador golpeaba la puerta de mi habitación para traerme la cena. Y entonces, de vuelta a la realidad, me decía que sería imposible reproducir todo aquello que viví como acusado mientras observaba por mi ventana al fiscal, a los abogados y al juez como se divertían en el jardín del sanatorio mental donde nos recluyeron a todos. · Fondo musical para acompañar la lectura: Paul Whiteman - An orange grove in California

18 de octubre de 2016




Una vez más, ese sentimiento de angustia, que tantos desvelos nos generaba en las noches previas a un nuevo desembarco, volvió a surgir aquel amanecer cuando, tras el toque de diana, nos apresuramos a formar en cubierta. Y allí, erguidos, escuchábamos otra vez el vehemente discurso del capitán quien, exagerando sus gesticulaciones, volvía a hablar sobre el glorioso destino que nos aguardaba en la orilla. Aún recuerdo los temblores, y los sudores fríos que sentíamos al descender a los botes, y la inquietud que paulatinamente se transformaba en miedo al aproximarnos a la playa. Volvíamos a enfrentarnos otra vez al horror. Pero no al del derramamiento de sangre, al de los cuerpos desmembrados, al de los gritos de dolor. Sino al horror de la vergüenza que sentíamos ante todas aquellas distinguidas damas que disimulaban sus risitas tapándose con sus parasoles, las chanzas de los señoritos trajeados, las miradas de los viejos que no daban crédito a lo que veían desde el paseo de la playa o las burlas de los niños en la arena mientras portábamos en brazos a los oficiales que no querían estropear sus uniformes porque era su día de permiso.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Fred Bird & the Salon Symphonie Jazzband - Stampede.

5 de julio de 2016



Fue algo que surgió de manera espontánea. Aunque no nos pudimos imaginar que aquella ingenua nadería de un grupo de amigos que tan solo pretendían pasar una noche de diversión en un pequeño piso de estudiantes, generaría tal expectación. El enfado del vecindario por el ruido que causamos, junto con la posterior presencia de la policía, no hicieron más que acrecentar una menudencia que entre unos y otros tergiversaron desde el primer instante. Pero el caso es que nos atribuyeron unos hechos que en realidad eran absurdos. Sin embargo, por no soliviantar más los ánimos, que estaban demasiado calientes, preferimos dejar que los acontecimientos fluyesen de forma natural, aún siendo conscientes de la estupefacción creada, porque muchos fueron los que pensaron que éramos la reencarnación del verdadero espíritu revolucionario, a pesar de nuestros esfuerzos por convencerles de que nuestro amigo Jeff no era Emiliano Zapata, ya que ni tenía bigote y, ni mucho menos, poseía parecido alguno con Marlon Brando.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Carlos Chávez (1899-1978) - Sinfonía nº 2, "Sinfonía india" (1935-36).

10 de junio de 2016




No pude contener las lágrimas de emoción cuando, ya adolescente, mi padre me contó la verdad sobre el estigma que sufrió nuestra familia a causa del acto heroico al que se vio abocado mi abuelo. Era una cuestión de estado, pero los míos callaron lo poco que sabían aun siendo conscientes de que serían víctimas de malinterpretaciones y habladurías. Mi abuelo nunca destacó en nada. Mas bien fue un hombre que pasaba desapercibido allá por donde iba. Su físico era tan corriente que le proporcionaba una especie de invisibilidad. Algo en lo que se fijó un superior cuando fue llamado a filas, en plena guerra. Por lo que le embarcaron en una peligrosa misión de espionaje, enviándole al corazón del Imperio del Sol Naciente, a una casa de citas donde se reunían algunos miembros del Estado Mayor. Pero fracasó. Fue descubierto y hecho prisionero. Tras décadas de lucha contra el mutismo oficial, mi padre consiguió averiguar algo, aunque muy poco, sobre el destino del abuelo quien, al parecer, en su ingenuidad no reparó en afeitarse el bigote.

· Fondo musical para acompañar la lectura: japanese song, female vocale, late 1920's