14 de enero de 2014




El tío Emeric fue el único pariente quien, sin tener mala intención, rompió con la que había sido la noble y larga tradición familiar por la aeronáutica. Una tradición que inauguró el tatarabuelo Segismund cuando, según cuentan, construyó el primer globo aerostático en Inglaterra. Dicen que fue tal la impresión que causó en sus hijos cuando le vieron elevarse hacia el cielo que estos decidieron seguir sus pasos. Y así, durante generaciones, el amor por volar se convirtió en un virus que fue pasando de unos a otros. Los hubo que fueron avezados pilotos caso del abuelo Norbert, que se convirtió en un héroe de la I Guerra Mundial al derribar trece biplanos alemanes en las costas de Dover; como también, pero en tierra firme, otros se dedicaron al diseño de prototipos avanzados como mi padre, que fue el primero de su promoción en la escuela de ingenieros. Sin embargo la naturaleza le había jugado una mala pasada al tío Emeric, ya que ni tuvo la privilegiada mente de su hermano ni tampoco la suficiente habilidad para pilotar un caza como el abuelo. De hecho sufría de vértigo. Y para colmo de males ni siquiera había heredado el distinguido porte que caracterizaba a nuestra estirpe. Algo que le hizo ganarse la fama de inútil, por lo que se empeñó en demostrar que él también podía tener buenas ideas. Pero desafortunadamente la que fue su única aportación al mundo de la aeronáutica truncó de súbito su breve carrera llevándolo a la locura. Aún recuerdo la gran impresión que me causó cuando meses más tarde le visitamos en el sanatorio mental donde estaba internado. No nos reconoció. Y nunca lo haría después. Mi padre me dijo que el tío, siempre tan excesivo y tan bruto, fue incapaz de controlar su ímpetu cuando presentó ante un grupo de industriales su casco para paracaidistas.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Charlie Spivak & His Orchestra - When I see an elephant fly (https://www.youtube.com/watch?v=fEtRhxYNeFc)