6 de mayo de 2016




Yo estaba ahí. Sí, ahí, viéndola. Lo confieso, me dejó subyugado desde el primer momento en que la vi. Esa mirada huidiza, frágil. Ese grácil cuerpo que se movía como si estuviese siguiendo las pautas de una coreografía de ballet. Pero sabía que no podía emocionarme, que debía de dominar mis sentimientos. Sólo que, a pesar de ello, en los sucesivos encuentros que tuve con ella no pude dominar ese estremecimiento que, como una mecha, incendiaba mis entrañas provocándome una especie de nerviosismo, de cosquilleo en el vientre que, luego, al caer la noche, me impedía dormir. Y aún así, pese a mis denodados esfuerzos por controlar mis emociones, nunca le dirigí la palabra. Me mantuve firme, en la distancia, aunque he de confesar que, pese a mi extremada contención, por mi mente desfilaron un sinfín de ideas, de pensamientos, casi siempre desaforados. Y por qué no decirlo, con una elevada carga sexual. Pero yo era un profesional. La diferencia era que ella era a quien tenía que seguir para comprobar si tenía un amante y yo, simplemente, un humilde detective. · Fondo musical para acompañar la lectura: Roland Kirk - Ruined castles, q964