No sé muy bien de donde le vino a mi padre su
afición por la gastronomía. Supe años después que por su trabajo tenía
un jefe sibarita y que por ello iba a buenos restaurantes con los
clientes. Sé que él quiso dirigir sus pasos profesionales hacia el mundo
de la restauración ya que la venta de material de oficina le aburría
mortalmente. Pero, independientemente de la admiración que yo profesaba
por mi progenitor, la realidad fue bien diferente. Fracasó, y sé que lo
intentó con todas sus fuerzas, a pesar de que mi madre le advirtió
muchas veces que, una cosa era la "nouvelle cuisine", y otra muy
diferente hacer hamburguesas en la barbacoa.
Perdónenme si hoy les parezco un poco brusco,
pero necesito desahogarme. En el colegio tengo fama de mentiroso
compulsivo. Y no es cierto. Yo sólo he contado a mis amigos lo que me
han dicho en casa. Pero ninguno me cree, incluso los hay que sueltan
enormes risotadas cuando digo que mi bisabuelo Jean-Claude fue en realidad el
primer paparazzi de la historia, porque mi padre dice que
el bisabuelo, sin pretenderlo, inmortalizó por casualidad a un tipo menudo y
algo cojitranco haciendo tonterías en la playa de Le Crotoy y que, al parecer, era un artista muy conocido en París que pintaba
bailarinas con las faldas al aire. Pero no les puedo decir más, porque mi padre no sabía nada sobre arte.
Ahora puedo hablar sin tapujos porque a los ochenta y tantos ya no importa demasiado el que dirán. Como muchos de ustedes yo también tengo un agujero negro en mi vida. Y aunque el mío lo he superado hace mucho tiempo, o al menos eso es lo que quiero creer, últimamente vuelve a mi mente casi todos los días. Ya saben, los recuerdos son lo único que nos queda a los viejos. Sea como fuere, yo era una niña muy alegre y extrovertida hasta el día en que murió la abuela. El médico dijo que fue un infarto. Y en cierta manera fue así porque lo que nunca me atreví a confesar a mis padres es que yo, de manera inocente y sin quererlo, fui la que lo provocó.
· Fondo musical para acompañar la lectura: Ennio Morricone - Watch chimes / Carillon de La muerte tenía un precio (Sergio Leone, 1965) (https://www.youtube.com/watch?v=r9_pa3eorjs)
25 de abril de 2012
No soy un gran entendido en arte, porque lo mío
son los seguros, pero mis padres, sin quererlo, tuvieron uno de los
álbumes familiares más bonitos que he visto en mi vida. Para mi padre la
verdadera expresión artística eran los lanzamientos de Bob Gibson, el
base de los St. Luis Cardinals. Sin embargo, a mi madre, que tenía más
sensibilidad, le gustaban mucho los cuadros de los calendarios que le
regalaba el señor Hudson, nuestro tendero, y que colgaba en la cocina.
Sobre todo los de un tal Edward Hopper. El caso es que, no sé por qué,
ni tan siquiera como lo hicieron, pero siempre me ha asombrado su
capacidad para aunar sus gustos en todas sus fotografías.
Según el testimonio que nos llegó a la familia a
través de la tía Cindy que, por otra parte nunca fue demasiado
elocuente, el bisabuelo Wilbur sufría de melancolía. Al parecer, según
dicen, eran demasiados los caminos de tierra que le hacía recorrer su
profesión de vendedor de navajas de afeitar. De él sólo se conserva una
imagen, pero no de su rostro, sino la única que hizo con una cámara que
compró días atrás antes de desaparecer para siempre. Aún hoy en día,
continúo intentando descifrar que es lo que pretendió con esa
fotografía. Pero acabo diciéndome a mi mismo que quizá nada, tan sólo
decir, como mejor pudo, que estuvo allí.
· Fondo musical para acompañar la lectura: Franz Schubert - Andante con moto, del Trío nº 2 en Mi bemol - Arthur Grumiaux (violin), Pierre Fournier (cello) y Nikita Magaloff (piano). (http://www.youtube.com/watch?v=aanDMH7GEZE&feature=related)
23 de abril de 2012
A mi madre no le gustaba que pasase demasiado
tiempo en la calle holgazaneando con mis amigos del barrio. He de
confesar que éramos tres mequetrefes con imagen de tipos duros. Pero
había que hacerse respetar de alguna manera en una jungla como era en
aquel entonces Brooklyn. Y a pesar del cierto aire de distinción que me
daba la pipa de mi difunto abuelo, de la cara de malo que ponía Ezra
cerrando un ojo y la mirada desafiante que gastaba Tomasso, nuestras
vidas de delincuentes no fueron más allá de ser los chicos de los
recados de Charlie Siegel. Aún así, con mis dos amigos y sin apenas
dinero en el bolsillo, pasé los mejores años de mi vida.
Se lo dejo a su imaginación, pero uno de esos
hombrecitos disfrazados soy yo. Sin embargo les confieso que sí había
algo que me gustaba del colegio era la función de fin de curso. Allí
descubrí que lo que quería ser de mayor era escritor de cuentos para
niños, como también descubrí el carácter de mi padre, que era estibador
del puerto de Tokio. Aún le recuerdo, cruzando la casa de un lado a
otro, abofeteándose la cara como un poseso mientras vociferaba que qué
era lo que había hecho mal para que su hijo tuviese tan peregrina idea.
Pero luego la tormenta pasó. Y yo nunca llegué a escribir nada, salvo
informes de contabilidad.
La unión y complicidad de las seis hermanas Smithson era tal que compartían hasta su obsesión por los vestidos blancos. Huérfanas desde la infancia, tras cumplir la mayoría de edad salieron del orfanato dispuestas a salir adelante. Fue Beth la que sugirió que la mejor forma de hacerlo era establecer buenas relaciones con las clases privilegiadas. Y así recorrieron parte del país, aumentando poco a poco sus ingresos en cada una de las ciudades que visitaban. Hasta que vino aquel fatídico día que las separó para siempre. Helen, la menor de ellas, se había enamorado. En su embelesamiento bajó demasiado la guardia y, en un descuido, perdió la cabeza de la Sra. Hastings.
Tuvieron que pasar algo más de 40 años para
que, en su lecho de muerte, Berthold Schultz supiese la respuesta al
misterio que desde entonces había envuelto su vida. El asunto era que
todos y cada uno de sus amigos, tras una primera visita, jamás volvían a
aparecer por su casa. Una cosa era verse en los bares y otra muy
diferente aceptar las invitaciones de Berthold. La Sra. Schultz sufría
por el desasosiego de su marido. Pero ese día, cuando su amigo Hans
Meyer se decidió a visitarle por segunda vez, ya medio ciego, le reveló
el enigma. «Está bien que hayas ahorrado en muebles, Berthold, pero lo
de tu suelo...», oyó la Sra. Schultz tras la puerta.
Siempre me daba miedo ir con mi madre a la
farmacia del Sr. Munro, cuya maléfica mirada me provocaba temblores.
Ella me decía que exageraba, que reconocía que no era un hombre muy
alegre, pero que le parecía excesivo que yo pensase que era la versión
neoyorquina de Fu-Manchú. No se porqué, pero siempre me lo imaginaba
robando y asesinando a almas cándidas como mi madre. Un día supe que
nunca hizo daño a nadie, salvo a hacienda. El padre de mi amigo Joe
afirmaba que llegó a compartir celda con Al Capone. Pero eso poco
importa. La verdad era que el Sr. Munro nos caía muy mal a todos los
niños del barrio.
Henriette siempre quiso a su marido, a pesar de
sus largas ausencias. A Harry, más allá de su dedicación y entrega, le
gustaba cumplir con las obligaciones del puesto, aunque ello le
supusiese permanecer meses enteros en el continente europeo. Henriette,
que apenas sabía nada de su actividad laboral, llevó bien el hecho de
tener que educar sola a sus hijos. Su única preocupación era que los
niños viesen a su padre como un intruso por el poco tiempo libre que le
dejaba su profesión. Sea como fuere, cuando se jubiló, el problema fue
otro. Harry no pudo evitar la costumbre de seguir “observando” a los
demás, como siempre había hecho durante su vida laboral como espía.
Gastón Bonnet siempre quiso ser bailarín. Desde
muy pronto compaginó sus clases en la prestigiosa academia parisina de
Mme. Lerroux con sus deseos de formar parte de la compañía de Nijinsky.
Pero no pudo prever los caprichos del destino y, los que son
ineludibles, los de la propia naturaleza. A pesar de su pasión, su
constitución física le impidió cumplir su sueño. Hay testimonios de la
época que dicen que Gastón lo llevó con gran dignidad, pero no existen
datos que lo confirmen, ni tan siquiera sobre su vida posterior. De él,
sólo se conserva una imagen, con su estatura menuda, sin apenas pelo,
con perilla y una mirada especialmente triste.
· Fondo musical para acompañar la lectura: The Philadelphia Orchestra - Clair de lune (Claude Debussy), de la BSO de Ocean's 11 (Steven Soderbergh, 2001) (http://www.youtube.com/watch?v=s2Uo5kcDpyg)
12 de abril de 2012
La tía Hildegard siempre llevó las tareas del
hogar con gran entrega y precisión, del mismo modo que educó a sus
hijos, mientras que el tío Gustav cumplía religiosamente sus horarios en
la oficina. Así fueron pasando los años en los que lo único que se
salía de la rutina eran aquellos domingos en los que salía el sol y el
tío hacía una barbacoa en el jardín. Un buen día el tío murió. Los hijos
hacía tiempo que habían volado del nido. Todos pensaron que la tía se
derrumbaría en la soledad de su casa. Y mientras la familia ponía
rostros de pesadumbre cuando se acordaban de ella, la tía llevó como
pudo su viudedad. Yo lo sé porque me lo dijo la Sra. Bloomfield.
Revisando
mis viejas fotografías, me vienen a la memoria muchos recuerdos de mi
época de estudiante. ¿Quién no a esas edades ha cometido sus locuras?
Tampoco quiero cansarles con las mías. Sin embargo, he de confesar que
hubo una que, a pesar de su carácter inocente, es la que guardo con más
afecto. Fue durante aquel verano del 59… ¿O era el del 60? Bueno, es
igual. El caso es que ese verano yo, por primera, y creo que única vez
en mi vida, me sentí el rey del mundo. No sucedió nada extraordinario.
Simplemente me dediqué a aprovechar los privilegios que me daba mí
puesto de socorrista en la torreta de vigilancia. Eso sí, procurando no
molestar a nadie.
Me contaban que de pequeño odiaba que me
hicieran fotografías. Mi padre no solía hacer muchas, pero tenía la
costumbre de coger la cámara el día que nos íbamos de vacaciones a la
playa. Y yo, cuando veía sus intenciones, automáticamente me plantaba de
espaldas y, a ratitos, giraba la cabeza para ver si ya había hecho el
dichoso clik. Son los únicos momentos de mi niñez en los que se me ve la
cara. Lo peor no es que mi padre fuese un pésimo fotógrafo, sino que le
entraba la cosa de creerse un gran artista y decía que no había nada
como la verdad y el naturalismo del instante. Esa es la razón por la que
mi madre nunca enseñó a nadie los álbumes familiares.
Según cuentan, al bisabuelo Horacio no le
gustaban las vacaciones. Siempre deseaba que se acabasen cuanto antes
para poder volver a su oficina. Al parecer, solía decir que en su
despacho estaba como en el cielo. Esa obsesión por el trabajo irritaba
mucho a la bisabuela, que era una mujer de carácter, y más si el
bisabuelo lo adornaba con esas cursilerías. Cuando supe esto, me entró
una gran curiosidad. Un día, oculta en un lugar determinado que no voy a
desvelar, encontré la prueba que confirmaba mis sospechas. Nunca dije
nada a los míos. Me convertí así en el cómplice del bisabuelo, a pesar
de que ya llevaba muchos años en el cielo, si es que existe.
De mayor me di cuenta que mi familia podría ser
uno de los casos inexplicables de una serie de misterio. El capítulo se
llamaría “Vacaciones”. ¿Por qué mi hermano, que odiaba el uniforme del
colegio, cuando se vestía de paisano se ponía la misma camisa de
cuadros, las mismas zapatillas y las mismas gafas de sol que sus amigos?
¿Por qué mi madre cuando se sentía “fashion” combinaba gorros chillones
con zapatos modelo abuela? ¿Por qué mi padre seguía esa moda
imperecedera de ponerse calcetines con las sandalias de verano? Y en
medio de ese misterio, yo, sin camisa, sin gorro, sin calcetines… No me
negarán que hoy en día siguen siendo enigmas sin resolver…
La tacañería de mi padre se agudizó con el paso
de los años. El problema no era que, por no gastarse dinero, reparase
él mismo las averías de casa, sino los resultados. Nuestra vivienda
tenía tantos parches que a mi madre le daba vergüenza invitar a los
amigos. Y sin embargo, ella le seguía queriendo. A mí era algo que daba
igual, porque yo jugaba con los míos en la calle. Pero sólo había una
cosa de mi padre que realmente me fastidiaba, y era cuando sus manías
ahorrativas afectaban a mi integridad física. Yo sabía que mis amigos me
apreciaban a pesar del pitorreo que se traían cada vez que aparecía con
ese repulsivo “cazo” en la cabeza.