
Los escasos nonagenarios que viven en Villarrubia del Arzobispo aún recuerdan, aunque de manera borrosa, las habladurías que provocó su ilustre vecino Feliciano Pérez, el hijo del herrero, cuando un buen día, camino de la fábrica, le sorprendieron saltando la cuerda que Gregoria Fernández tenía instalada en la calle para tender su ropa. Bien era cierto que todos respetaban a Feliciano quien había interrumpido la ancestral costumbre de heredar el oficio familiar para dedicarse a la plantación de olivos, cosechando poco tiempo después un enorme éxito cuando tuvo la idea rellenar las aceitunas con anchoas. Una innovación que provocó el entusiasmo general en el Pabellón español de la Exposición Internacional de París de 1937. Pero lo extraño de aquel acto con la cuerda de Gregoria Fernández es que Feliciano, el rey de la aceitunas, lo convirtió a partir de aquel día en una costumbre que llevaba a cabo cada mañana cuando se dirigía a su fábrica. Algo que generó las especulaciones más dispares siendo Don Ciriaco, el maestro del pueblo, el que hallo una explicación con lo del estado del alma de Platón. Luego se supo que no andaba mal encaminado, porque el propio Feliciano confesó, ya sexagenario, que saltaba por el hecho mismo de saltar, así, sin más, y que lo dejó de hacer cuando las fuerzas no se lo permitieron.
· Fondo musical para acompañar la lectura: Norri Paramor - I Could easy fall (in love with you) (https://www.youtube.com/watch?v=p2fY2iEJUYI)

Caperucita Roja, que en realidad se llama Ludmila Fiódorovna y es una activista comprometida del sindicato de escritores, se interna en el bosque para cumplir con sus responsabilidades. Tiene una abuela que malgasta su pensión en el bingo que Ivan Arsenevich ha construido en un pueblecito situado al pie de los Urales con el dinero que había ido ahorrando durante más de una década trabajando como remero del Volga. Ludmila es una jovencita alegre, ingenua y extravertida que saluda a todo aquel que se cruza por su camino con una enorme sonrisa, como a Yuri, un alienígena que vive en el bosque y quien un día, por azar y a causa de una avería irreparable en su nave, cayó en la tierra para poco después enamorarse perdidamente de la tundra y convertirla en su nuevo hogar. Yuri y Ludmila se hacen grandes amigos al mismo tiempo que descubren que sus juegos son beneficiosos para la abuela ya que ésta se distrae de tal manera con ellos que se olvida del bombo, las bolas y los cartones. Ahora no tienen grandes lujos porque la pensión tampoco da para mucho, aunque de vez en cuando se permiten algún que otro capricho, como tomarse un pequeño aperitivo con caviar y acompañarlo con unos chupitos de vodka para digerirlo mejor.
· Fondo musical para acompañar la lectura: Leonid Kharitonov & Red Army Chorus - Song of the Volga (https://www.youtube.com/watch?v=uNb54rwDQJM)

El tio Algernon era un joven predicador cuya ingenuidad le había llevado a plantarse en Chicago para salvar a las almas descarriadas que habían convertido la ciudad en un lugar inseguro y peligroso. Si bien, con el tiempo, había conseguido enderezar a unos pocos delincuentes de poca monta pronto se dio cuenta de que una fuerza mayor como era el crimen organizado necesitaba de otras tácticas. El mal se extendía y él estaba llamado a ser su azote aunque ello implicase una doble vida, a Dios rogando por el día y con el mazo dando por la noche. Una vez diseñado minuciosamente su equipo, en el que era importante el factor psicológico para generar un temor mayor, y acompañado de su gato Absalón, el tío inició su particular cruzada contra la depravación y el delito aquella noche del 31 de octubre de 1933. Pero su misión tan solo duró unas pocas horas convirtiéndose muy pronto en el hazmerreír del hampa. El tío había pasado por alto un pequeño detalle genético que se puso de manifiesto cuando pronunció sus primeras palabras, su voz atiplada, por lo que recibió unas cuantas sonoras bofetadas en medio de las risotadas de unos y otros.
· Fondo musical para acompañar la lectura: Kid Ory's Creole Jazz Band - Tin Roof blues (https://www.youtube.com/watch?v=fHmYLR4Qa-4)

Aún sigue siendo fuente de conflictos familiares el enorme revuelo que provocó mi tío aquel verano del 47 en las playas de Maine recibiendo todo tipo de improperios y puñetazos, casi siempre propinados por novios celosos y maridos indignados. Porque el tío seguía empeñado en acercarse a las mujeres, fueran jovencitas o señoras entradas en edad, ignorando las advertencias de la tía quien, desesperada y con los nervios en vilo, trataba de hacerle entrar en razón. El tío era tan excesivo, tan visceral y tan bruto que en su obcecación por salvar el mundo era incapaz de ver la realidad, que para los veraneantes era simplemente la oronda pesadilla que venía a fastidiar su descanso. Y aún así, al día siguiente y pese a las agresiones y los insultos, volvía a la carga con fuerzas renovadas. Día tras día. Y así aquel verano el tío se hizo muy popular gracias a la prensa local que lo tildó con numerosos adjetivos, desde lunático peligroso hasta obseso sexual, ignorando la verdad de su misión, que él era el presidente de La liga de la Decencia de Maine. No sé como serían los siguientes veranos, porque en casa nunca se hablaba de él para evitar las disputas, ya que era el hermano pequeño de mi madre y mi padre no lo tragaba. Sólo sé que mis padres siempre declinaban sus invitaciones de pasar juntos las vacaciones con la excusa del trabajo. Y lo peor para mí era que en Kansas no había playa.
· Fondo musical para acompañar la lectura: Mezz Mezzrow - House party (1945) (https://www.youtube.com/watch?v=wR6ejMHVvl8).

Mi abuelo no fue un héroe. Descubrir esa verdad me supuso una profunda decepción porque mis amigos del colegio tenían un miembro en su familia que destacaba por algo. Pero yo me callé. En la mía no habíanadie. Todos eran muy normales, incluso aburridos, quizá demasiado, menos el abuelo, que era el único que había visto algo de mundo cuando estuvo en la Primera Guerra Mundial. Recuerdo que la principal atracción de las sobremesas familiares eran sus relatos, y que yo me quedaba boquiabierto, hipnotizado, con la baba casi colgando, escuchándole, aunque siempre contase las mismas historias. Era un gran narrador. Luego, cuando fui más mayor, supe que al abuelo le gustaba engrandecer sus hazañas, como aquella cuando se le dobló la ametralladora en un vuelo de reconocimiento, y él, al igual que el piloto y el capitán, que se llamaba Manfred von Richthofen, no perdieron la compostura ya que en ese momento, cosas del destino, el enemigo les sorprendió y comenzó a disparar. Eso les salvó la vida, decía, porque supieron conservar la sangre fría y pudieron aterrizar sin sufrir apenas unos rasguños. Lo mismo hice con mis amigos para mantener mi integridad cada vez que les contaba que mi abuelo había volado con Manfred von Richthofen, el mismísimo Barón Rojo.
· Fondo musical para acompañar la lectura: Frederic Chopin- Nocturne in C-Sharp minor Opus 27, No. 1 / Vladimir Horowitz (https://www.youtube.com/watch?v=2Fkky_mF1Z0).

Todavía guardo en mi memoria el impacto que me produjo el primer día que entré la universidad, cuando aún era un pipiolo enmadrado que hasta entonces nada había visto más allá de las paredes del instituto y del calor del propio hogar. Aquello significó un cambio importante en mi vida aunque no fui consciente de ello por ese profundo sentimiento de rubor que experimenté a lo largo de esa jornada y de las siguientes. Luego supe que algo parecido habían sentido mis compañeros cuando uno de ellos nos dijo que era una situación normal porque estábamos en una de las universidades cuyo prestigio se basaba en sus innovadores métodos docentes. Y ahora, que han pasado muchos años, les puedo confesar que allí nació todo lo que vendría después, y que las clases del profesor Lockwood fueron el germen y epicentro de una nueva manera de entender las cosas. Pero él nunca fue consciente de aquello, porque su amor por la prehistoria hizo que nosotros, sus alumnos, la viviésemos de una forma tan intensa como única, algo que intentaríamos aplicar después en nuestra comuna mientras duró nuestra etapa hippie.
· Fondo musical para acompañar la lectura: Ludwig Van Beethoven - Movement 3, tempo di menueto, Septet, Op. 20 / The Chicago Chamber Musicians (https://www.youtube.com/watch?v=5kjHOYbib2g).

Yo aún era muy joven, pero aquel anuncio que leí por azar me ofrecía la oportunidad de ver nuevos mundos que existían más allá de los suburbios de Londres, entre barrizales y miseria, y en donde parecía estar predestinada mi vida. El eminente profesor Donald Higgins de la Universidad de Oxford buscaba un cocinero para formar parte de su expedición al Antártico, un proyecto que, al parecer, llevaba varios años preparando no sin pocas dificultades. No sabía nada de sartenes pero mi arrojo les convenció desde el primer momento ya que ellos eran conscientes de que no se presentarían muchos voluntarios dadas las condiciones extremas del viaje. Partimos una mañana neblinosa de Plymouth, ante la atención de los numerosos periodistas que habían ido a cubrir el inicio de la hazaña. Pero eso no tiene importancia, como tampoco la travesía, que duró varios meses. El verdadero éxtasis comenzó cuando divisamos aquel muro de hielo en el más absoluto silencio. Y dos días después, aumentó aún más, cuando el profesor Higgins, el doctor Marcus Hightower, el guía John Dickens y quien esto escribe salimos de la cabaña del explorador Ernest Shackleton y nos dirigimos en trineo hacia ese inhóspito desierto blanco. Han pasado varias semanas y no hemos visto a nadie. Ni señal alguna. Creo que estamos perdidos. Ahora, acampados en un lugar incierto en medio de la inmensidad, escribo estas palabras. No soy científico. Ni siquiera tengo estudios. Pero todavía no he perdido la esperanza. Pienso que todavía no nos hemos caído, que seguimos aquí, pegados a esta tierra helada cuando en realidad estamos en el centro del Polo Sur, debajo del globo terráqueo, es decir, boca abajo. Mientras tanto, afuera, nos sigue azotando una fuerte ventisca de nieve.
· Fondo musical para acompañar la lectura: Ernst Reijseger /Emmi Leisner - Dank sei dirr, Herr (G. F. Hendel) (https://www.youtube.com/watch?v=jQc_LRtDeL0)

Supimos que la situación era extrema cuando llegamos a nuestro destino y nos cruzamos con los pocos supervivientes del octavo regimiento de infantería que regresaban, exhaustos y maltrechos, del frente del Este. Formábamos un comando de élite al que le habían encomendado la arriesgada misión de internarse en territorio enemigo y volar los puentes de las principales vías de comunicación con el objetivo de detener el avance de las tropas enemigas. Sé que puede sonar a locura, pero había momentos en que podíamos sentir el peso de la historia recorriendo nuestras entrañas ya que el éxito de nuestra intervención podía cambiar definitivamente el curso de la guerra. Por ello, aquella tarde, antes de partir y siendo conscientes de que había muchas posibilidades de que no regresáramos vivos, nos hicimos la fotografía de rigor, como todos los viernes. Y una vez más, como siempre, volvió a aparecer el idiota de Klaus, el celador del sanatorio, truncando por enésima vez la misión con sus payasadas justo en el momento en el que Hans apretaba el disparador de la cámara. Durante muchos años tuvimos la sospecha de que Klaus podría ser un agente infiltrado, como también nos parecían extrañas las noticias que nos daba del frente diciendo, sin disimular su sonrisa, que todo seguía igual. Siempre nos olimos que algo nos ocultaba aunque jamás conseguimos saber lo que era.
· Fondo musical para acompañar la lectura: August Batzem - Wenn wir marschieren (https://www.youtube.com/watch?v=edw73c8gB9s)

Los vecinos de la Rue Saint–Benoît no dieron crédito a sus ojos cuando una mañana de junio conocieron a los nuevos inquilinos, los hermanos Desjardins, de aquella extraña manera, caminando acompasados y en fila india. Jean Desmarchais, el profesor jubilado que vivía en el portal nº 5, le restó importancia al asunto a apuntar que, dada la evidencia de la sonrisa que dibujaban sus rostros, los Desjardins regresaban a casa después de una larga noche de juerga. Pero la tranquilidad duró pocas horas porque la anciana Madame Rocher vio por su ventana como los cuatro hermanos salían de su casa de la misma manera en que les habían visto aquella mañana. La inquietud y la curiosidad fueron creciendo con el paso de los días porque los cuatro hermanos iban y venían siempre en fila, sonrientes y coordinados, como si estuvieran en un desfile militar. Pronto la Rue Saint–Benoît se convirtió en un hervidero de hipótesis de lo más variopinto e incluso hasta se acercó algún que otro periodista curioso. Las habladurías duraron varias décadas sin que nadie lograse descifrar el misterio. Hasta que los Desjardins dejaron de ir sincronizados a causa de los achaques de la edad. En su lecho de muerte, Marcel, el último de ellos que quedaba vivo, confesó que él y sus hermanos siempre habían sido grandes bromistas y que aquello fue algo así como su obra maestra dada la gran conmoción que generó en el barrio. «No pudimos evitar seguir haciéndolo. Nos divertía mucho y queríamos superarnos a nosotros mismos. Pero no conseguimos que mirasen el lado bueno de la vida. Era gente que se tomaba las cosas demasiado en serio», concluyó.
· Fondo musical para acompañar la lectura: Les Freres Jacques & Brigitte Bardot - Stanislas (1962)

Te sorprendes ¿verdad? Eso es porque quizá no tengas la costumbre de ver espacios desordenados que no sean los tuyos propios. Pero hay algo que te retiene de esa imagen. No puedes apartar la mirada. Te intriga. Y comienzas a explorar los detalles preguntándote que es lo que ha sucedido en esa habitación. Buscas pistas, y cada poco, continúas leyendo este texto pensando que te pueda aportar algún dato que te permita descifrar este misterio. Ves una cama revuelta. Un tocador en la esquina del fondo en cuyo espejo no hay ninguna forma reflejada. A la derecha, una puerta abierta. En el suelo, dos alfombras. Sus pliegues delatan que ha habido movimiento, como los de las sábanas. Hay algunos papeles. Uno cerca de la cama, con una pinza. Ahora es cuando enfocas la vista y tratas de ver si hay algo escrito. Pero no ves nada. Quizás tu lado romántico te lleve a pensar que ha sido el escenario de un ardiente encuentro pasional. Pero también, tu otro lado, el morboso, te incita a especular que puede ser el lugar de un crimen. ¿Y si la realidad es otra? Que allí se hospedaba alguien acuciado por las deudas que tuvo que recoger sus cosas, precipitadamente, de madrugada, y salir de allí para desaparecer antes de que amaneciera.
(A mis amigos de Sala-mandra)
· Fondo musical para acompañar la lectura: Sidney Bechet & Mezz Mezzrow - Minor Swoon (https://www.youtube.com/watch?v=kDk7RfvOgcQ)