18 de junio de 2014




Te sorprendes ¿verdad? Eso es porque quizá no tengas la costumbre de ver espacios desordenados que no sean los tuyos propios. Pero hay algo que te retiene de esa imagen. No puedes apartar la mirada. Te intriga. Y comienzas a explorar los detalles preguntándote que es lo que ha sucedido en esa habitación. Buscas pistas, y cada poco, continúas leyendo este texto pensando que te pueda aportar algún dato que te permita descifrar este misterio. Ves una cama revuelta. Un tocador en la esquina del fondo en cuyo espejo no hay ninguna forma reflejada. A la derecha, una puerta abierta. En el suelo, dos alfombras. Sus pliegues delatan que ha habido movimiento, como los de las sábanas. Hay algunos papeles. Uno cerca de la cama, con una pinza. Ahora es cuando enfocas la vista y tratas de ver si hay algo escrito. Pero no ves nada. Quizás tu lado romántico te lleve a pensar que ha sido el escenario de un ardiente encuentro pasional. Pero también, tu otro lado, el morboso, te incita a especular que puede ser el lugar de un crimen. ¿Y si la realidad es otra? Que allí se hospedaba alguien acuciado por las deudas que tuvo que recoger sus cosas, precipitadamente, de madrugada, y salir de allí para desaparecer antes de que amaneciera.

(A mis amigos de Sala-mandra)


· Fondo musical para acompañar la lectura: Sidney Bechet & Mezz Mezzrow - Minor Swoon (https://www.youtube.com/watch?v=kDk7RfvOgcQ)

12 de junio de 2014




Sir Archibald Bailey pertenece a esa estirpe de investigadores condenados al olvido por los caprichos del destino siendo tan solo una figura conocida para unos pocos especialistas en la materia. El que era hijo de un labriego de las tierras altas escocesas se graduó con un brillante expediente en el Royal College of Music de Londres consiguiendo, poco tiempo después, una plaza como profesor de armonía, para después convertirse con el tiempo en un prestigioso musicólogo cuyas teorías supusieron un profundo cambio en la concepción y la praxis de la pedagogía musical de finales del XIX. Sin embargo, su gran hito se produjo cuando formó parte de la expedición de Henry Morton Stanley, en la que demostró la influencia que ejerce la música en el comportamiento animal. Pero su descubrimiento fue eclipsado por el encuentro entre el propio Stanley y el explorador David Livingstone en el lago Tanganika y, con el paso del tiempo, se vio relegado de una manera un tanto frívola a esa expresión tan popular de que la música amansa a las fieras y que tanta gracia le hizo a Isak Dinesen al ver como unos monos se cargaban el gramófono que Denys Finch Hatton puso a sonar ante ellos por puro divertimento.

(foto: cortesía de Lola Herrero)


· Fondo musical para acompañar la lectura: W. A. Mozart - Adagio del concierto para clarinete en A major, K. 622 (George Szell/Cleveland Orchestra) (https://www.youtube.com/watch?v=yP0ks_hwvGI)

11 de junio de 2014




Nadie le había dado excesiva importancia a un rumor que llevaba tiempo extendido por la ciudad. Y menos aún se la daba Nellie Page, una mujer de mediana edad quien se entregó en cuerpo y alma a la vida desenfrenada después de casi veinte años de matrimonio con un remilgado y aburrido agente de seguros. Porque ahora, cuando por fin había comenzado a saborear las delicias que le ofrecía la vida, se negaba en rotundo a que nada ni nadie le aguase la fiesta con patrañas de ese tipo. Al fin y al cabo era poco el tiempo que llevaba disfrutando de su libertad, con todos esos amantes que surgían de la nada durante sus noches de frenesí y con los que fue descubriendo que era poseedora de unas habilidades que hasta entonces le eran desconocidas. Por eso mismo, cuando todos aquellos rumores se confirmaron en forma de noticia a nivel nacional y precisando una fecha exacta, Nelly, fiel a sus nuevos principios, no se amilanó y se preparó para el día señalado. En compañía de Jim y Billy, dos bohemios conocidos en los bares de moda del Dowtown londinense, y tras una noche de pasión desatada, se encaminó hacia Square Garden manteniendo la alegría hasta el momento mismo en el que comenzó el fin del mundo.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Harry Scott - Unravelling (de la BSO de Shame) (https://www.youtube.com/watch?v=q9MZUeeg2Ug)

10 de junio de 2014




Más allá de los privilegios y la fortuna que su padre había amasado gracias a su negocio de envasado del arenque, la mayor ventaja que tuvieron los quintillizos de Yorkshire fue el hecho mismo de ser iguales como cinco gotas de agua. Algo que les había proporcionado excelentes resultados ya en sus tiempos académicos por el desconcierto que generaban entre sus profesores al tener que enfrentarse a diario con cinco alumnos idénticos. Por eso, cuando se hicieron cargo de la empresa paterna tras finalizar sus estudios, decidieron seguir aprovechando el don que la naturaleza les había regalado, convirtiéndolo con el tiempo en una insólita estrategia comercial que no hizo más que aumentar su ya de por si gran fortuna. Sin embargo, tras varias décadas liderando el mercado del arenque, su emporio se esfumó de un día a otro, cuando en un corto período de tiempo, ya ancianos, fueron falleciendo unos seguidos de otros sin dejar descendencia. Una ventaja que, con el tiempo, acabó convirtiéndose en su verdadero drama. Porque Harold, Herb, Horace, Horatio y Hubert, con hache de “herring” (arenque) estaban tan unidos que fueron incapaces de tener los unos para con los otros un resquicio de intimidad. Algo que siempre incomodó a las numerosas damas que se cruzaron en sus vidas.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Franz Schubert - Adagio, del Cuarteto de cuerdas en C, D. 956 (Julliard String Quartet) (https://www.youtube.com/watch?v=mCbtQTL4P0M)

5 de junio de 2014




Aquel día ligeramente neblinoso lo vimos. Con nuestros propios ojos. Sí, una forma sorprendente con una tenue aureola en su borde que se movía levemente. Después de un sobrecogedor sobresalto se produjo en nosotros una extraña sensación en la que se mezclaban atracción y miedo a partes iguales. En un momento dado nos dimos cuenta que había un silencio sepulcral.Tras echar una ojeada a nuestro alrededor y comprobar que no había nadie, nos quedamos contemplando fijamente esa masa etérea. Era algo asombroso. Tan asombroso que Borislav elevó lentamente sus manos, acercándolas, con las palmas abiertas, para tratar de palparla, mientras un escalofrío recorrió mi cuerpo. Pero Borislav se detuvo y, sin apartar la vista de ella, me susurró que era la entrada a la cuarta dimensión. Yo, rápidamente, coloqué la cámara en el trípode. Había que captarlo, pensé, para la posteridad. Después, ya más tranquilos, nos fuimos de allí, sin hacer mucho ruido. Y aunque regresamos muchas veces al lugar, nunca volvimos a ver la puerta. Como jamás nos hemos arrepentido de no haberla traspasado. Al fin y al cabo ninguno de los dos conocíamos a nadie en la cuarta dimensión.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Valia Balkanska - Izlel Delio Haidutin (https://www.youtube.com/watch?v=SDEH01DnFtg)

4 de junio de 2014




Dorothea Lamarr jamás pudo imaginar que su nombre pasaría a la posteridad cuando varios años después de su muerte, Theodore Lange, un reputado profesor y crítico de arte neoyorquino, descubrió por casualidad su obra guardada en dos baúles polvorientos arrinconados en un viejo trastero. El que pertenecía a la casa en la que vivía la hija de Dorothea, Diane, una mujer que por su dedicación a las labores domésticas carecía de conocimientos artísticos, lo que le llevó a quitar de en medio las fotografías que su madre había ido haciendo durante su vida. Por eso le sorprendió el gesto de Lange a ver esas imágenes, ya que aquel, en un estado de creciente excitación, no sólo alabó la originalidad, la audacia y el carácter experimental que desprendían aquellas instantáneas, sino que afirmó que posiblemente Dorothea era una de las mejores fotógrafas de todos los tiempos a pesar de que desarrolló su obra en el anonimato. Algo inaudito, pensó el profesor, en una persona que jamás tuvo contacto con ningún movimiento de vanguardia. Y al parecer, Diane no tuvo inconveniente en que Lange se llevara todas esas imágenes. Además de reportarle un dinero, había ganado algo de espacio en su hogar. Sin embargo, y pese al éxito de la operación, Diane jamás pudo comprender qué es lo que vio aquel tipo tan estirado en las fotografías de su madre, una sencilla ama de casa a quien un día le regalaron una cámara que nunca supo manejar, aunque su empeño dio lugar a una gran colección de autorretratos, la mayoría fuera de cuadro y desenfocados, pero muy cotizados hoy en día.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Nina Simone - Blues for mama (
https://www.youtube.com/watch?v=P3OFzIYpjwg)

30 de mayo de 2014




No se pueden imaginar la semana tan crítica que he tenido. Es por eso mismo que no he dado señales de vida. Espero que no me hayan echado de menos. Tampoco soy tan importante. Pero comprenderán que hay momentos muy duros en los que una, aunque tenga buenos sentimientos, no pueda llegar a cumplir con las obligaciones. Y lo siento, de verdad. Pero trabajo en el departamento de innovación del ministerio de agricultura. Imagino que les producirá risas. A mis amigos también, pero eso es otra historia. Ya, ya me imagino. Lo sé. Habrá más de uno que piense que mi trabajo es alienante y muy aburrido. Y sí, han acertado. No lo voy a negar. Estoy quemanda, mi existencia es un coñazo y mi trabajo más. Pero ¿qué quieren que les diga? Además, me he desviado del asunto, porque iba a contarles otra cosa. Puede que les parezca una nadería, y que incluso les resulte ridículo. Pero yo era aquella, la del gorrito picudo que mira de aquella manera. ¿Esperaban algo sorprendente? Pues si es así, siento defraudarles, pero aquel día me sentí la reina del mundo. Aunque después no pasó nada.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Paul Specht and his Orchestra - That's what I call sweet music (https://www.youtube.com/watch?v=klwBXhAmYHU)

24 de mayo de 2014




Quizá vivimos demasiado ciegos sin ver las realidades de los demás. Pero es una situación ardua cuando uno sufre en silencio un drama que pasa desapercibido para quienes te rodean. Pero no me puedo quejar porque, a pesar de todo, conseguí estar ahí. Puede que los haya que no entiendan nada de lo que digo, y tampoco voy a intentar explicarlo, porque no lo sé y porque no voy a tratar de convencer a nadie de lo contrario. Cada cual que haga lo que quiera y que piense lo que le de la gana. Es cosa de la conciencia de cada uno. Aunque también, estoy seguro, que los habrá que me tachen de ser un marciano, o que exagero demasiado. No voy a persuadirles. Pero les pido comprensión, y que no se rían de mí. Traté de hacerlo lo mejor que pude. Incluso mis dudas me hicieron pasar muchas noches en vela. Y a pesar de eso, de mis esfuerzos, no conseguí hallar una solución a aquella congoja que me llevó al naufragio. Porque yo sentía vocación, y siempre hice por estar allí, con mi sotana. Sin embargo, una vez más, volví a salir en un segundo plano. Siempre de espaldas, como si eso fuera un estigma. No tengo siquiera fotografía en la que salga de frente, con mi alzacuello. Hasta que pensé en Van Gogh, que quiso ser pastor y fracasó. Sólo que me di cuenta, mucho tiempo después, que había una pequeña diferencia, que yo no sabía dibujar.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Tomás Luis de Victoria - Amicus meus / Iudas mercator pessimus (The Tallis Scholars/Peter Philips) (https://www.youtube.com/watch?v=OuGgCW3_oCo)

22 de mayo de 2014




Lo hicimos. El plan. Nuestro grandioso plan. Con el que íbamos a cambiar el curso de la historia. El que mi amigo Héctor y yo habíamos pergeñado desde hacía tiempo con mucho detalle. Pero claro, lo tuvimos que llevar a cabo con la más absoluta discreción, para que no se enterasen nuestros padres. Es lo que tiene el inconveniente de ser hijos de diplomáticos, porque hay que guardar las formas. Aunque veces demasiado, como cuando viene el embajador del Japón y se nos atraganta el protocolo con tanta reverencia. Pero también era cierto que nuestra posición nos permitía acceder a información privilegiada al alcance de unos pocos mortales, sobre todo cuando mi padre se excedía con los Dry Martini. Ello nos dio rienda suelta a nuestra ambición. Y aquella mañana de noviembre pusimos en marcha nuestro maléfico plan. Es así como comenzamos, con nuestros pequeños veleros a sotavento, la invasión del Pacífico.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Aaron Copland - Fanfare for the common man (https://www.youtube.com/watch?v=zEro8pG0hiE)

21 de mayo de 2014




Llegué muy lejos con todo aquello, tanto, que me costó mi prometedora carrera como ingeniero después de haber obtenido un brillante expediente en el Massachussets Institute of Technology. Pero tenía que hacerlo. Poseía los conocimientos necesarios y me sentía preparado para seguir con la misión que me había encomendado mi padre, también ingeniero, por la que fue vilipendiado y menospreciado por el mundo académico, acabando postergado en un puesto como empleado municipal de limpieza, mancillado por sus colegas de profesión e ignorado por sus amigos. Yo sentía que era una obligación moral, un asunto que clamaba justicia y, si mi padre había sacrificado su vida para que sus hijos portasen con dignidad el apellido familiar, yo debía de tomar el testigo y hacer lo mismo para con los míos. Bien sabe Dios que lo peleé, que me entregué en alma y cuerpo. Y aún así, no sólo obtuve el rechazo de mis compañeros, sino también el desprecio de mis propios hijos quienes, mirando hacia el suelo, se negaron, por mucho que les rogué, a seguir con la tarea de reivindicar y preservar la figura y el legado de su abuelo, es decir, mi padre, el primer ingeniero en la familia, un gran humanista que centró todos sus esfuerzos e investigaciones en la mejora del bienestar y la calidad de vida de una sociedad que comenzaba en aquellos momentos a estar estigmatizada por el estrés. Un trabajo altruista que le elevó a la categoría de visionario cuando vio por primera vez las posibilidades que ofrecía su sistema científico en el campo de la nutrición. Un hombre avanzado en su tiempo cuyo ingenio e inventiva, por incomprensión o envidia, le condenaron al más injusto de los olvidos.

· Fondo musical para acompañar la lectura: Tom Lehrer - Chemistry element song (1959)